Grandes destinos buscan la forma de evitar las avalanchas de turistas

El turismo descontrolado surgido tras la pandemia se convirtió en un problema global que se reproduce con la misma intensidad en España que en otros grandes destinos como Roma, Venecia, Ámsterdam, París o Nueva York

Tasas, restricciones a los cruceros, moratorias hoteleras o la prohibición de plataformas de alquiler de pisos como Airbnb son algunas medidas aplicadas. Todas con escaso éxito, por ahora. Solo algunos destinos han logrado corregir parcialmente esos problemas con medidas drásticas e impopulares.

Japón fue pionera en 2018, al eliminar toda la oferta ilegal en Airbnb, bajo la amenaza de acabar con su negocio. Y Bután impuso una tasa prohibitiva de US$200 por turista y por día, para frenar la llegada masiva de visitantes, que rebajó a principios de este año a US$100. El pequeño reino del Himalaya se convirtió en la excepción global a las medidas que no funcionaron, mientras Japón estudia nuevas medidas, porque se encontró con un fenómeno imprevisto: la debilidad del yen atrae una oleada de turistas.

¿Se puede frenar el turismo? ¿Qué puede hacerse para corregir la masificación? En Baleares, España, se ha intentado todo. Y casi todo fue en vano. Fue la primera autonomía que implantó en 2016 una ecotasa, cuyo importe varía de uno a cuatro euros por día. También fue pionera a la hora de congelar en 2022 el número de plazas de alojamiento tanto en hoteles como en viviendas; innovó al prohibir el alquiler turístico en edificios plurifamiliares, y también es la única comunidad donde un ayuntamiento, el de Palma, firmó un acuerdo con la patronal mundial de cruceros para limitar la llegada de estas embarcaciones al puerto de la ciudad. Ahora solo pueden atracar tres embarcaciones por día, y solo una puede ser de más de 5000 pasajeros.

Pero, pese a estas medidas, entre enero y abril la llegada de turistas ha marcado un máximo histórico. En esos cuatro meses se han rozado los dos millones de personas, casi 205.000 más que en el mismo período de 2019. La plataforma Menys Turisme Més Vida ha convocado una manifestación contra la masificación turística en Palma para el próximo 21 de julio. Jaume Pujol, portavoz de la organización, cree que a corto plazo es necesario imponer límites a los flujos turísticos. “La plataforma apuesta por regular el número de vuelos turísticos que reciben los aeropuertos, restringir aún más las llegadas de cruceros, limitar a los extranjeros la adquisición de viviendas y limitar la llegada de vehículos”, explica.

Departamentos para turistas

Los inmuebles vacacionales están en el punto de mira de los destinos, de la industria turística e incluso de los colectivos sociales. Todos los culpabilizan por un modelo que prioriza el crecimiento descontrolado y que ha restado derechos a la población. “Es necesario poner límites. En Canarias se ha pasado de 5000 a 53.000 viviendas de uso turístico en tan solo un año”, destaca Eugenio Reyes, portavoz de Ben Magec-Ecologistas en Acción, que organizó en abril una de las mayores protestas que vivió el archipiélago.

“El turismo en Canarias tiene 100 años de historia y nunca ha generado problemas de convivencia con los vecinos. El conflicto ha surgido con la irrupción de fondos buitres que hacen miles de viviendas de 21 metros cuadrados que, por su tamaño, no están dirigidas a la población residente, sino a los turistas”, denuncia.

El Ayuntamiento de Barcelona anunció la semana pasada su intención de acabar con todas las viviendas para vacaciones en cinco años. La ciudad subirá de 3,25 a 4 euros (el máximo posible) la tasa turística para todas las modalidades de alojamiento. Solo PP y Vox (que tienen seis concejales sobre un total de 41) votaron en contra de esa propuesta.

El rechazo a los departamentos para fines turísticos en España es equiparable a la situación que viven otros destinos en el mundo, como Roma o Nueva York.

La capital de Italia se convirtió en una jungla de alquileres vacacionales, con 15.000 pisos autorizados, más los que están al margen de la ley. “El centro histórico vive una situación dramática, y esto se debe a que el gobierno no nos permite bloquear nuevas aperturas en el sector extrahotelero, que siguen creciendo desmesuradamente”, señaló el concejal de turismo Alessandro Onorato, en declaraciones al diario La Repubblica.

La ciudad de Nueva York siguió los pasos de Japón y prohibió el alquiler turístico en septiembre de 2023. Desde esa fecha, el negocio de los hoteles neoyorquinos va viento en popa y la Gran Manzana ha disfrutado de la mayor ocupación hotelera de los 25 principales mercados de Estados Unidos, con un nivel de ocupación de 86,6%. Ese récord se alcanzó en diciembre, cuando la tarifa media diaria aumentó casi un 11%, hasta llegar a US$393, según datos del portal Travel Weekly. Al veto al alquiler turístico se le suma la anulación de 16.500 habitaciones, por la conversión de uno de cada cinco hoteles de la ciudad en albergues para migrantes.

La presión turística y la presión migratoria han convertido la búsqueda de alojamiento asequible en una tarea ardua y onerosa: el mínimo para una habitación correcta, sin más, supera los US$300 por noche.

“Las consecuencias de las medidas que se han tomado en ciudades como Nueva York ya se están viendo y son totalmente contraproducentes”, cuestiona Adolfo Merás, presidente de Madrid Aloja, asociación que aglutina a 300 gestores con una cartera de 4500 viviendas de uso turístico en la capital.

Menos turismo familiar

“El interés turístico por la ciudad sigue intacto; lo único que se ha conseguido es que el precio de las plazas hoteleras se dispare y que la demanda de vivienda turística se desplace a otros núcleos urbanos cercanos, como Nueva Jersey. De esta manera se priorizó un tipo de turismo con mayor poder adquisitivo, eliminado de la ecuación al turismo familiar”, agrega. La tendencia restrictiva que ahora asume Barcelona, sostiene Merás, profundiza un “sentimiento de indefensión” para el sector.

“Nos hace pensar que acabaremos convirtiéndonos en una ciudad como Nueva York, con precios desorbitados en manos de grandes grupos hoteleros, desincentivando el turismo familiar y dejando solo la oportunidad de viajar a las grandes fortunas”, asegura.

Pero acceder a un alquiler asequible en muchas de estas ciudades se ha convertido en una quimera.

Y en las protestas recientes en España contra la “turistificación” desde las de Canarias hasta la de Málaga, la vivienda ha sido un elemento central. “Estamos intentando evitar desde hace siete años el levantamiento ciudadano que hemos visto en los últimos meses y que ha sido provocado por las viviendas de uso turístico, que han tenido un crecimiento insostenible e inaguantable para los residentes”, destaca José Luis Zoreda, vicepresidente ejecutivo de Exceltur. Este lobby representa a empresas como Meliá, Riu, NH o Iberostar, y presentará un informe completo con propuestas de actuación para frenar ese rechazo.

Los cruceros

Junto a los departamentos para vacaciones, el otro gran sector bajo el dedo acusador de la masificación turística es el de los cruceros. Venecia los ha reducido a la mínima expresión, Palma solo acepta tres al día y Barcelona, el principal puerto en Europa, trata de reducir las llegadas. “La resolución del conflicto entre turistas y vecinos depende de muchos factores. En Venecia, por ejemplo, había muchos cruceristas hace cinco años y ahora han quedado reducidos a la mínima expresión, por las restricciones. Pese a haber casi desaparecido, la situación de congestión turística ha empeorado”, dice Afredo Serrano, director de la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros en España (CLIA, por sus siglas en inglés). “Culpar a los cruceros del turismo masivo es un error, porque no representan más de 4% de los viajeros”, enfatiza.

Precisamente, Venecia ha implementado una de las medidas más novedosas para reducir la llegada de turistas, que consiste en aplicar una tasa de 5 euros que deberán pagar los visitantes de un día, es decir, los que no pernoctan en la ciudad. El proyecto está en fase de ensayo hasta mediados de julio, aunque en los primeros ocho días en vigor ya se superó la recaudación prevista para los tres primeros meses de prueba (723.000 euros), lo que sugiere que el objetivo de reducir las entradas no se ha alcanzado según lo esperado.

Ámsterdam, en cambio, ha apostado por un enfoque más integral con la puesta en marcha de un centenar de medidas dispuestas para lograr, dicen los portavoces del consistorio, una urbe “habitable, limpia y sostenible” sin culpar a los viajeros. En el caso de los hoteles, solo podrá construirse uno nuevo si antes cierra otro, pero los que ya están aprobados en planes anteriores (unos 20) seguirán adelante. En el caso de los cruceros, la terminal de pasajeros tendrá un solo puesto de atraque, y a partir de 2027 los barcos deberán usar energía eléctrica en tierra. Para 2035 está previsto el traslado de la terminal a un punto más alejado del centro. El Ayuntamiento se ha comprometido a analizar las consecuencias financieras de estas decisiones.

Pese a los esfuerzos, las pernoctaciones anuales de turistas en la capital de los Países Bajos sumaron 20,6 millones en 2023. El ayuntamiento se había comprometido a no pasar de los 20 millones en una ciudad con 935.000 habitantes. La tarifa turística asciende a 12,45 euros por noche (sin IVA) en toda clase de alojamientos, frente a un promedio de 2,34 euros en el conjunto del país. Lo que llegan en barco pagan 14 euros.

París, por su posición, no se preocupa por los cruceros. Pero la ciudad más visitada del mundo no se libra de los problemas para gestionar las avalanchas de turistas. La alcaldía anunció la pasada semana que prohibirá el acceso de los autobuses turísticos, incluidos los eléctricos, a la zona de tráfico limitado que estrenará en octubre próximo.

Aunque ese veto para acceder al centro de la capital francesa se podrá levantar en casos excepcionales, por ejemplo si los vehículos se dirigen al aparcamiento del Museo del Louvre. Los codazos y la aglomeración alrededor de la Monna Lisa, una imagen casi tan icónica como la propia obra de Leonardo Da Vinci, tienen el futuro garantizado. © El País

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